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 Construye Identidad

Un proyecto en Perú que va más allá de la técnica y la historia
 
Construye Identidad es un proyecto participativo e interdisciplinario dedicado a la revalorización de materiales locales de construcción, a través del aprendizaje, investigación e innovación. Ha realizado intervenciones en diferente lugares del Perú, en donde han participado arquitectos, estudiantes de arquitectura y otras disciplinas, expertos de la academia y del campo, habitantes de comunidades nativas y campesinas, todos comprometidos con el propósito. Este proyecto se ha mantenido en pie gracias al gran equipo de directores y voluntarios que tiene.  

Construye Identidad aborda el tema a partir de 4 líneas que se retroalimentan: la investigación como eje conductor, los proyectos que de ella se derivan, comunicación y gestión -ambas cómo un soporte transversal a las dos primeras. Los directores se encargan de llevar al frente cada línea, para luego operar en conjunto.
Hasta ahora, lo más difícil en el gran avance de esta organización sin fines de lucro ha sido conseguir el financiamiento para sus proyectos; nunca saben cómo lo logran, pero nada los ha detenido. Además de realizar conferencias reuniendo a expertos en torno a temas alusivos de interés actual, esperan pronto sellar alianzas con instituciones y empresas. Los directores están por fundar además una empresa dediseño arquitectónico, paisajístico, urbano y construcción que les permita brindar servicios con todos los conocimientos que han obtenido hasta la fecha, llevando el sello de ecología, humanidad e innovaciónque los caracteriza.
 
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A puertas de celebrar los 5 años de creación de Construye Identidd, vale la pena retornar a los inicios. La cautivadora y emocionante historia de Construye Identidad surge durante la formación de un grupo de estudiantes de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), cuyo tronco principal se da en la vida académica de los arquitectos Marianne Trauten y Rolando Tafur, co- fundadores y directores de este equipo.

Marianne cuenta que –tras dudarlo varias veces pensando que la arquitectura podía ser un tanto superficial- decide ser arquitecta a partir de un largo viaje por carretera hacia la selva nor-oriental, en donde observa centros poblados y arquitectura rural, convenciéndose de la necesidad urgente de arquitectos en el campo: una arquitectura social donde la identidad y geografía juegan un papel fundamental.

Hacia mitad de carrera tenía las ganas de empezar un proyecto real que sirva a la gente, con la firme convicción de tener las herramientas para aportar a la comunidad aun siendo estudiante, ¿para qué esperar?
 
A pesar de las ganas y las fuerzas, Marianne cuenta que se sentía menos capaz que sus amigos estudiantes de arquitectura que siempre estaban al tanto de las últimas tendencias, proyectos y materiales, pues su interés como arquitecta iba completamente en otro rumbo. Un rumbo no menos importante, sólo diferente. Pero ella aún no lo sabía.

Al irse de intercambio a Alemania se dio con la sorpresa de encontrar a los expertos en materiales tradicionales que no había visto en el Perú y el gran interés que existía en torno a ello. Esto le hizo darse cuenta de la validez del tipo de arquitectura en el que ella estaba interesada. Durante el intercambio en Europa, tuvo la oportunidad de viajar a África dos veces. La primera experiencia que la marcó fue una intervención en una isla rural en medio del Nilo en donde llevaron a cabo un proyecto de arquitectura y participación a pesar de que la gente hablaba un idioma diferente al suyo.

La segunda experiencia fue más intensa, casi fortuita. Ulrike Perlmann y Leslie Koch, dos valientes pioneras recién graduadas, habían abierto un curso para construir un colegio en Sudáfrica con materiales locales. Tras una cancelación de último minuto del proyecto previsto, les piden a sus alumnos –con un plazo máximo de 2 semanas- buscar un nuevo proyecto. Fue en este lapso que Marianne, tras una serie de coincidencias impensables e imprevistas, encuentra el contacto y el proyecto a realizar. Dos meses después parte hacia Ciudad del Cabo junto con 21 compañeros a construir un albergue de voluntarios para la Village of Hope de la ONG Thembalitscha, en Grabouw.

Su intercambio finalizó con la oportunidad de ir a Francia a la preparación del festival Grains d'Isèree de la maestría de construcción en tierra cruda de CRATerre (Centro Internacional de la construcción en tierra de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Grenoble), el cual Marianne desconocía en aquel momento.
Fue sino después de un tiempo que se enteró de la importancia de las personas que conoció y eventos que acudió.

“Siento que estuve en el lugar correcto en el momento correcto. Me fui sin precedentes ni referentes, y regresé habiendo conocido a expertos y personas valientes y emprendedoras, que marcaron mi camino para siempre. El proyecto ya se estaba gestando en mí antes de ir, pero a veces uno necesita modelos a seguir, ejemplos, que te den fuerza y hagan saber que está bien explorar caminos diferentes y tomar riesgos.” (Trauten 2016)
 
Al volver a Perú decide realizar, en el curso taller de investigación, el tema “Tradición vs. modernidad en las técnicas constructivas de los pueblos de la sierra”. Para ello necesitaba realizar un arduo trabajo de campo en Patalá, una comunidad campesina en la sierra central, lugar escogido para la investigación. Su mejor amiga antropóloga (y actual asesora del proyecto), Adriana Verán, le ayudaría a realizar el trabajo, pero necesitaría mucho tiempo para hacerlo solo con dos personas. En este momento aparece su socio y actual co-director Rolando Tafur, quien se ofreció casualmente como acompañante para el viaje. Rolando, por su parte, ya venía teniendo una preocupación similar respecto a la arquitectura en zonas rurales, panorama que había contemplado especialmente en Tarapoto –su lugar de origen. Marianne aceptó la ayuda de Rolando y lo que iba a ser un viaje de fin de semana se convirtió en un trabajo conjunto diario de 5 años.
 
 
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Diferentes personas clave fueron yendo y viniendo en los primeros meses; personas que quizá nunca más figurarían, pero que cumplieron un rol importantísimo en esos comienzos inciertos: el apoyo, la fuerza, la contención.  El nombre del proyecto surgió en esas primeras reflexiones, pensando:
“Queremos trabajar con la naturaleza y la identidad, con el imaginario de la gente. Pero también construimos. ¿Podrá la forma de construir de la gente repercutir en su identidad? ¿Repotenciarla? ¿Hacerlos más fuertes y más felices?”

Un 19 de diciembre del 2011 Rolando y Marianne se juntan a plantear el proyecto y pensar cómo llevarían a cabo sus actividades por los siguientes 2 años. Habrían workshops, construcciones, sería un proceso: el primer año sería en la sierra y el segundo en la selva. Pidieron permiso para trabajar en las instalaciones de la facultad de arquitectura de la PUCP, el cual fue concedido. Convocaron voluntarios recorriendo salones el primer día de clases del 2012, a los que: “Les vendimos una idea, no teníamos ningún ejemplo previo que mostrarles. Por eso valoramos a este primer grupo de voluntarios que se comprometió con el proyecto sólo basándose en una idea de lo que harían” (Trauten 2016).

En ese momento apareció Jana Rodríguez Lam, comunicadora social de la Universidad de Lima, y co-directora del proyecto por los siguientes 4 años.
 
Lo que ocurrió después es historia. Se realizaron 7 workshops de construcción con tierra en Lima, 2 intervenciones participativas en Patalá, 3 construcciones en la selva central de Satipo, Junín, 1 construcción en el bosque de Pómac, Lambayeque, muchísimos viajes de investigación, 3 conferencias, charlas en universidades, ministerios y exposiciones.
En la algarabía de los inicios sucedió algo que jamás fue planeado por sus fundadores dentro del cronograma. Una ronda de agradecimientos en la última noche de la primera intervención en Patalá selló lo que le daría vida al proyecto: la gente que aparecería y se tatuaría el proyecto en el alma. Fue el primer grupo de voluntarios pioneros el que echó raíces al proyecto y, llevándoselo a los hombros, consolidó y co-creó lo que sería Construye Identidad en los años siguientes.
 
En el 2014 Lía Alarcón, que empezó como voluntaria dentro de este grupo pionero, pasó a ser co-directora del proyecto. Los voluntarios asociados fueron rotando. Al principio era triste despedirse, pero el proyecto tenía que seguir. Durante los 4 años y medio del proyecto, se han lanzado convocatorias bianuales donde decenas de profesionales han acudido a entrevistas diciendo por qué quieren trabajar en este proyecto aunque fuese ad honorem.
 
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Para llegar tan lejos, también han tenido tropiezos, pero ellos dicen que cuando uno se da cuenta qué te apasiona y qué quiere tu alma, levantarse después de tropezar es la única opción. De todo el tiempo que llevan en el proyecto, Construye Identidad es aparentemente un proyecto de construcción, pero los directores cuentan que su principal aprendizaje ha sido trabajar con personas de toda procedencia, edad y género, y comprender que para que funcione uno debe adaptarse a las características del ser humano: las personas sienten, tienen miedo, aman, mienten, confían, dudan, toman riesgos, traicionan, crean, se cansan, sueñan. Pero es precisamente cuando los diferentes grupos humanos permiten mostrar su vulnerabilidad humana frente al otro, sin miedo a la hora de hacer un trabajo colaborativo, cuando se consuma una buena participación, porque todos enseñan, todos aprenden: hay orden pero no hay jerarquía. Todo esto, sumado a la creatividad como elemento que permite a todos expresar su forma de ver el mundo y la vida; los aprendizajes exceden la arquitectura y son para toda la vida.
 
Esta experiencia ha cambiado a las personas que han participado en ella y aunque en el futuro se dediquen a otra cosa, siempre llevarán consigo lo vivido. Ellos no creen que el mundo va a ser mejor si todos construyen en madera, tierra y caña; sin embargo, definitivamente harán a todos tomar mejores decisiones para sus vidas, para el país y para el mundo, tras haber aprendido a sentir y comprender el paisaje, haber escuchado otros idiomas y saberes, haber trabajado meses, semanas o quizás solo días en el campo del desarrollo y el empoderamiento humano. La creatividad, la armonía, el esfuerzo en conjunto, el saber entender al otro e identificarse con la persona y cultura, han empujado a este proyecto, este equipo. 
 
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Fuente: http://www.archdaily.pe/

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